La santidad de la vida

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Traducción: Alejandro Field

 

La "santidad de la vida" es una frase que, en décadas recientes, se volvió habitual en los debates morales y políticos con relación a una amplia gama de temas bioéticos: aborto, investigación con embriones, clonación, ingeniería genética, eutanasia y otros. Suele ser usada por quienes nos oponemos a tecnologías o prácticas que consideramos que violan el valor intrínseco de la vida humana. Algunos empleamos la expresión más ampliamente para denotar un enfoque ético que se ocupa no sólo de un puñado de temas bioéticos sino de toda la gama de problemas morales que los seres humanos enfrentan, desde el aborto a la pobreza, desde la guerra a la pena capital, desde el abuso infantil al medio ambiente.

Me preocupa que, para muchos cristianos, la "santidad de la vida" sea poco más que un lema en las guerras de culturas antes que el producto de una seria reflexión. Como lema, evoca entonces una resistencia igualmente irreflexiva de quienes reaccionan negativamente a todo lo que los recuerda al cristianismo (conservador). Y, a pesar de los miles de usos de la expresión "santidad de la vida" que pueden encontrarse en cualquier búsqueda de Google, la frase en realidad parece estar desvaneciéndose en cierta medida de nuestra conciencia. Se siente algo mohosa, una reliquia de la década de 1980. Esto es sumamente desafortunado.

Estoy trabajando en el proyecto de un libro (CBHD/Eerdmans, 2008) que intenta una exploración intelectual integral del concepto de la santidad de la vida. Mi argumentación es que esta comprensión del valor de la vida es uno de los logros culminantes de la civilización humana. Es el producto de un viaje histórico muy largo a través de y más allá de versiones mucho menos satisfactorias de la obligación moral humana. Fluye de las mejores fuentes de nuestra herencia cultural occidental (judía, clásica, cristiana y moderna), pero desafía simultáneamente otras dimensiones de estas fuentes. Es un concepto a la vez robusto y frágil. Robusto, porque no puede ser borrado por completo de la conciencia humana y ha soportado numerosos desafíos feroces; frágil, porque es ignorado, racionalizado o rechazado demasiado fácilmente.

Una forma de ir más allá de los lemas hacia una comprensión más sustancial de la santidad de la vida es definir el término con alguna precisión. Esta es mi definición de trabajo: La santidad de la vida es la creencia de que todos los seres humanos, en toda y cualquier etapa de la vida, en todo y cualquier estado de conciencia o autoconciencia, de toda y cualquier raza, color, etnicidad, nivel de inteligencia, religión, lengua, género, carácter, comportamiento, capacidad/discapacidad física, potencial, clase, condición social, etc. de toda y cualquier calidad de relación específica con el sujeto observador, deben ser percibidos como personas de valor igual e inconmensurable y de dignidad inviolable y, por lo tanto, deben ser tratados de una forma conmensurable con esta condición moral.

Note varias cosas con relación a esta definición.

Primero, la santidad de la vida es un concepto en que uno cree. En otras palabras, es unaconvicción moral.  

Segundo, es una convicción moral acerca de cómo los seres humanos deben ser percibidos ytratados. La creencia en la santidad de la vida prescribe cierta forma de ver el mundo; específicamente, sus habitantes humanos (con implicaciones para sus habitantes no humanos, un tema para otro artículo). Esta percepción entonces conduce a implicaciones conductuales relacionadas con la forma en que los seres humanos deben ser tratados. La convicción moral lleva a la percepción y fluye hacia el comportamiento. Note que, al construir mi comprensión de la santidad de la vida de esta forma, estoy enfatizando dimensiones de cosmovisión primero (convicciones), calidades de carácter luego (percepciones) y prescripciones conductuales en último lugar. Creo que es así como la vida moral funciona en la realidad.

La tercera cosa a notar acerca de esta definición es su universalidad. Entendida correctamente, la santidad de la vida se encuentra entre las comprensiones más amplias e inclusivas posibles de nuestras obligaciones morales hacia otros seres humanos.

Todos los seres humanos están incluidos (todos y cada uno de los seres humanos), en todas las etapas de la existencia, con todas las calidades de experiencia, reflejando cada tipo de diversidad humana y abarcando cada calidad de relación posible con la persona que hace la percepción. En lo que están incluidos todos es en una visión de su valor inconmensurable y dignidad inviolable. Esto significa que cada uno de estos seres humanos tiene un valor que trasciende toda capacidad humana de contar o medir, lo que les confiere una condición elevada que no debe ser deshonrada o degradada.

A esta visión sobrecogedora y exaltada del valor y la dignidad de los seres humanos nos referimos, o deberíamos referirnos, cuando hablamos de la santidad de la vida. Es una convicción moral que desafía continuamente nuestros esfuerzos por debilitarla. Sin embargo, la debilitamos, con o sin intención. Más frecuentemente la debilitamos cuando nos irritamos por las implicaciones de su universalidad: su visión de los débiles, el enemigo, los discapacitados, el extranjero, los no nacidos, el pecador, los pobres, el ex amigo, el otro racial o todo aquel que encontramos que nos cuesta incluir dentro de la comunidad de los verdaderamente humanos.

Todo esfuerzo por señalar las violaciones de la santidad de la vida de parte de otra persona nos exige examinar nuestra propia fidelidad a esta exaltada y exigente norma moral. Esta podría ser la razón por la que el idioma de la santidad de la vida ha desaparecido del debate público en cierta medida. Los militantes contra el aborto que han sostenido la santidad de la vida humana (no nacida) se encontraron con militantes contra la pobreza que sostenían la santidad de la vida humana (nacida, pero pobre). Los teóricos morales reflexivos reconocieron que esto era precisamente correcto, y que una verdadera comprensión de la santidad de la vida exigía un enfoque de uno y otro más que de uno u otro. Pero esto difícilmente encaje en el paradigma de la guerra de culturas. Después de todo, la santidad de la vida no es un garrote político tan útil, lo cual podría significar que su verdadero valor yace en una declaración que da soporte a la obligación moral humana.

Hasta ahora no he mencionado a Dios. Una pregunta que estaré explorando en el libro es si es probable o aun posible que la creencia en la santidad de la vida sobreviva sin la creencia en Dios, y en cierta visión de Dios y de la voluntad de Dios. La misma palabra "santidad", del latínsanctus, que significa sagrado, santo o inviolable, huele a connotaciones e implicaciones religiosas. Ciertamente es posible sostener que la idea de la santidad de la vida humana es esencialmente conferir la santidad de Dios al pináculo de la creación de Dios, los seres humanos. Los humanos pueden tener santidad porque Dios su Creador y Redentor la tiene, o porque Dios desea que sean considerados o tratados como tales. Es una pregunta importante a considerar por cierto, como lo haré en el libro, si una convicción acerca de la santidad de la vida humana puede sobrevivir o no basada en una visión secularizada de los fundamentos de esa santidad.

 

El contenido es este artículo no refleja necesariamente las opiniones de CBHD, su personal o sus adherentes. Se concede el permiso para reimprimirlo siempre que se haga referencia a The Center for Bioethics and Human Dignity y la dirección de Internet de este artículo.

 

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